dissabte, de juny 20, 2015

Una barrera más del “colectivo invisible”*


Pedro Jara, presidente de la Llar del Sord de Badalona, entidad nacida cuarenta años atrás, lleva a cabo constantemente un gesto durante la conversación. Extendiendo los cuatro dedos de su mano derecha, hace un movimiento de arriba hacia abajo. “¿Es la forma de referirse al catalán en el lenguaje de signos?”, pregunta el cronista con miedo a equivocarse. “Sí, claro, como las manos ensangrentadas de Guifré ‘el Pilós’ cuando crea la senyera”, responde con amabilidad Pilar Fernández Viader, catedrática de Educación de la Universitat de Barcelona y responsable del grupo de investigación APRELS.

Ella, incansable luchadora por los derechos de los sordos desde hace treinta años, se ha propuesto poner su grano de arena para empezar a solucionar una problemática que a primera vista casi nadie de los que tienen capacidad de oír piensa que pueda serlo: la discriminación que sufría la lengua catalana en este ámbito puesto que el colectivo sordo escolarizado hace más de veinte años no aprendía en la lengua de signos en la versión catalana sino en la castellana. No fue hasta 1994 cuando la Generalitat reconoció oficialmente a este lenguaje y empezó a introducirla en el ámbito educativo, en los medios de comunicación y las administraciones públicas.

Hoy, pues, las cosas son más favorables, pero hasta hace veinte años no se consideró necesario que los profesores de los centros de educación especial donde recibían clases los niños y niñas de este colectivo enseñaran en la versión catalana de la lengua de los signos. Como si no se hubieran cambiado los manuales de texto del castellano al catalán cuando empezó la “inmersión lingüística”. Sorprendente, como mínimo.

Pero es que es muy distinta, la versión catalana de la Lengua de Signos de la española? Se calcula que el grado de parentesco entre las dos es de un 70 por ciento. Pero Pedro Jara hace notar que hay muchas cosas distintas: “En catalán el pan con tomate se unta y ese es el gesto que hacemos para referirnos a ello. Obviamente, en castellano este signo no existe porque ellos no untan el pan con tomate. También los días de la semana son muy distintos”. 

Consecuencias muy nocivas para el colectivo
Este retraso en la normalización de la presencia del catalán en el ámbito educativo específicamente en relación al colectivo sordo ha tenido consecuencias realmente nocivas, relata Pedro Jara: “En el caso de los sordos hijos de catalanohablantes, impedía que los hijos pudieran comunicarse con sus padres con normalidad mientras que para los hijos de castellanohablantes significaba que el catalán quedara como una lengua extraña”. Una lengua que obviamente sabían que existía pero que ni podían leer, ni escribir ni comunicarse a través de ella en su versión de lenguaje de los signos. Tampoco ayudaba en nada a su integración en la vida laboral, por ejemplo, puesto que el catalán es hoy una lengua imprescindible en el ámbito público en el Principado. Llovía, pues, sobre mojado.

Y aquí es cuando apareció Pilar Fernández Viader y su equipo del Grupo de Investigación APRELS de la UB que, atentos a las necesidades del colectivo, se percató de la necesidad de superar esta asignatura pendiente: había que dar a los sordos la oportunidad de conocer la lengua propia de Catalunya, de forma que se superara otra barrera entre los sordos y el resto de la sociedad catalana. Una barrera poco conocida pero no por eso menos importante –hay que tener en cuenta que el fracaso en la alfabetización de los sordos es del 75% y que son muy pocos los que consiguen acceder a una educación superior-. 

Así las cosas, APRELS decidió unir esfuerzos junto a otros grupos de investigación universitarios de distintos países europeos –la Universidad de Klagenfurt en Austria, la University College de London y el Instituto dei Sordi de Turín- en el programa DEAFLI, que cuenta con financiación de la Unión Europea y aspira a alfabetizar a las personas sordas en la lengua escrita de su propio país  –alemán, inglés, italiano y catalán-.

Y desde hace dos cursos, en la Llar del Sord de Badalona se están llevando a cabo unos talleres formativos de 15 sesiones de dos horas de los cuales se han beneficiado ya unas cincuenta personas del colectivo. Aprenden a mandar mensajes via Whatsapp, por ejemplo, o a elaborar currículums con el doble objetivo de alfabetizar y a la vez formar estas personas para su inserción laboral.  

¿Quiénes son las personas que se han beneficiado de esta iniciativa? El perfil del alumno es el de mujeres sordas mayores de 18 años, que no acabaron sus estudios primarios y no recibieron clases de catalán o en catalán. La mayorías son sordos catalanes, pero también encontramos sordos procedentes de otras comunidades españolas y de otros países que necesitan aprender el catalán. 

Entre ellos también está el propio Pedro Jara, presidente de la entidad que acoge la experiencia, que ahora disfruta intensamente pudiendo leer comunicaciones oficiales en catalán así como cualquier periódico en esta lengua. “Es como se me hubiera abierto todo un nuevo mundo”, afirma con satisfacción.

Un currículum en catalán para encontrar trabajo
En la sala de ordenadores las cuatro alumnas del curso están haciendo –es el último día- su currículum a partir normalmente de un original en castellano. "Pero cada vez más ya son capaces de escribirlo directamente en catalán", comenta Marga, la profesora del curso, también sorda, que ejerce de maestra de Educación Especial en el colegio Josep Pla de Barcelona, mientras atiende a Carmen, una de las alumnas.

No cuesta de imaginar que ella, la maestra, se convierte en un modelo para las alumnas, en el sentido de qué representa la posibilidad de vivir con normalidad en un mundo que muchas veces les resulta ajeno. "Me gusta que vean en mi un modelo a seguir y para mí es un orgullo que yo, que ya fui escolarizada en catalán, pueda transmitirles el dominio de la lengua", comenta con evidente júbilo en los gestos y la mirada.

Ayuda europea... a falta de ayuda local
Como el colectivo de los sordos en Catalunya tiene poca visibilidad  -se calcula que hay unos 32.000 usuarios de la lengua de signos en catalán, de unos 200.000 sordos totales-, sus peticiones no son una prioridad absoluta para las administraciones. “Aquí no nos ayuda nadie, las ayudas son mínimas. ¿Cómo puede ser que tengamos que ir a la Unión Europea para que nos ayude en un proyecto de estas características?”, se lamenta Pilar Fernández Viader. Lo confirma Pedro Jaro, el cual concreta que las ayudas públicas que llegan en un año a la Llar del Sord son de 9.000 euros, provenientes del Ayuntamiento de Badalona y de la Generalitat.    


Confía, de todos modos, en qué la publicidad de este tipo de experiencias ayude a derribar otro valla en esa cursa de obstáculos que es la integración de las personas sordas en nuestro sociedad del siglo XXI. El colectivo invisible que trata de hacerse oír… cada vez más a través de la lengua propia del país. 

* Article publicat al suplement + Personas de El Periódico de Catalunya.